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lunes, 21 de noviembre de 2011

El toque del artesano

Lectura: Éxodo 31:1-5
Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras… —Efesios 2:10
Hace poco, vi un documental sobre la fabricación de un piano Steinway. Mostraba el meticuloso cuidado con que se elabora este delicado instrumento. Desde que se cortan los árboles hasta que el piano aparece expuesto, atraviesa innumerables ajustes delicadísimos que le aplican los talentosos artesanos. Después de un año, cuando termina el proceso, músicos destacados tocan el piano y suelen comentar que es imposible que una línea de ensamblaje computarizada logre producir los mismos sonidos brillantes. El secreto del producto final es el toque del artesano.
Cuando se construyó el tabernáculo, Dios también valoró el toque artesanal. Eligió a Bezaleel y dijo: «… lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte, para inventar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, y en artificio de piedras para engastarlas, y en artificio de madera; para trabajar en toda clase de labor» (Éxodo 31:3-5).
Hoy Dios mora en el corazón de los creyentes, pero la obra del artesano no ha terminado. Cada creyente es, individualmente, «hechura» de Dios (Efesios 2:10). El Maestro Artesano es el Espíritu Santo, el cual quita las imperfecciones de nuestro carácter para hacernos más semejantes a Cristo (Romanos 8:28-29). A medida que nos sometamos a Su labor artesanal, descubriremos que el secreto del producto final es el toque del Artesano.
—HDF
El Padre nos dio el Espíritu para hacernos semejantes a Su Hijo.


Fuente: NUESTRO PAN DIARIO

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Dios limpia la casa

Lectura: Jonás 1 Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. —Efesios 4:31

Dios hizo una limpieza a fondo de mi casa esta semana. Mandó un viento fortísimo por el vecindario que hizo temblar los árboles y sacudió las ramas secas hasta que cayeron. Cuando todo pasó, tuve que limpiar el gran lío que quedó.

En mi propia vida, Dios a veces obra de manera similar. Envía o permite que ocurran circunstancias tormentosas que sacuden y hacen caer las «ramas sin vida» que me he negado a desechar. En ocasiones, es algo que anteriormente era bueno, como un área de ministerio fecunda, pero que ya no da fruto. Con mayor frecuencia, se trata de algo que no es bueno, como un mal hábito que se incorpora sigilosamente o una actitud obstinada que impide que sigamos creciendo.

Jonás, el profeta del Antiguo Testamento, descubrió qué puede pasar cuando uno se niega a abandonar una actitud testaruda. Su odio a los ninivitas era mayor que su amor a Dios; entonces, el Señor envió una gran tormenta que hizo que aquel hombre terminara dentro de un pez gigante (Jonás 1:4, 17). Dios preservó al reticente profeta en ese lugar insólito y le dio una segunda oportunidad de obedecer (2:10; 3:1-3).

Las ramas sin vida de mi jardín me hicieron pensar en actitudes que el Señor espera que yo descarte. La carta de Pablo a los efesios enumera algunas de ellas: amargura, ira, maledicencia (4:31). Cuando Dios sacude las cosas, debemos despojarnos de lo que se afloja. —JAL


El poder limpiador de Cristo puede quitar la mancha de pecado más resistente.


Rasgo de familia


Lectura: Mateo 5:9, 38-48

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. —Mateo 5:9

Hay una antigua canción de escuela dominical que ocasionalmente recuerdo. Sus palabras dan testimonio de la paz que Jesús da con tanta generosidad: ¡Yo tengo paz, paz, paz, paz en mi corazón...!

Sin embargo, a esta bien intencionada canción le falta algo. Es cierto que la paz de Dios es un regalo que disfrutamos de corazón cuando tenemos comunión con Él y estamos en Su presencia (Juan 14:27; 16:33). Pero el Señor jamás pretendió que guardáramos toda esa paz únicamente en nuestro interior. La paz es una dádiva que debemos compartir con quienes nos rodean. Como creyentes, debería caracterizar nuestras relaciones interpersonales y el entorno de nuestras iglesias.

En Su Sermón del Monte, Jesús dijo: «Bienaventurados los pacificadores…» (Mateo 5:9), lo cual indica que debemos intencionalmente incorporar la paz en todas las interacciones. Por nuestra tendencia a ser problemáticos en lugar de pacificadores, este consejo es importante. Entonces, ¿en qué consiste hacer la paz? Los pacificadores son los que ponen la otra mejilla (v. 39), los que recorren la segunda milla (v. 41) y los que aman a sus enemigos y oran por quienes los persiguen (v. 44).

¿Por qué debemos hacer esto? Porque el Señor es pacificador, y, cuando nosotros procuramos la paz, somos «llamados hijos de Dios» (v. 9). Ser pacificador es un rasgo de familia. —JMS


Por la paz de Dios y la paz con Dios, también podemos ser pacificadores para Él.


NUESTRO PAN DIARIO

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